Antiinflamatorios: Lo que tu médico no tiene tiempo de explicarte sobre el dolor

Antiinflamatorios: Lo que tu médico no tiene tiempo de explicarte sobre el dolor

¿Te duele? Seguramente sí. Todos hemos pasado por ese momento en el que la espalda parece de cristal o una muela decide que hoy es el día para arruinarnos la existencia. Y lo primero que hacemos es abrir el botiquín. Buscamos un antiinflamatorio como quien busca un milagro en una caja de cartón. Pero aquí está el problema: la mayoría de la gente no tiene ni idea de cómo funcionan realmente estos fármacos. Se los toman como si fueran caramelos de menta.

La inflamación no es el enemigo. En serio.

Es la respuesta de tu cuerpo intentando arreglar un desastre. Cuando te golpeas el dedo del pie, tu sistema inmune envía una señal de alerta roja. El flujo sanguíneo aumenta, llegan las células de reparación y, boom, aparece el hinchazón. El antiinflamatorio entra en escena para silenciar esa alarma, pero a veces, si silencias la alarma demasiado pronto, el incendio sigue quemando por debajo sin que te des cuenta.

El caos de los AINEs y por qué tu estómago te odia

La mayoría de los fármacos que compramos sin receta pertenecen al grupo de los Antiinflamatorios No Esteroideos (AINEs). Hablamos del ibuprofeno, el naproxeno o la famosa aspirina. Funcionan bloqueando unas enzimas llamadas COX-1 y COX-2. Estas enzimas son las responsables de producir prostaglandinas, que son básicamente los mensajeros químicos del dolor y la inflamación.

Pero hay un truco sucio.

Las prostaglandinas también protegen el revestimiento de tu estómago. Cuando bloqueas la inflamación de forma sistémica, también dejas a tu estómago sin su escudo protector. Por eso, si te excedes con el ibuprofeno, terminas con una acidez que parece lava volcánica. No es una broma; según estudios publicados en la Revista Española de Enfermedades Digestivas, el uso crónico de estos medicamentos es una de las principales causas de úlceras y hemorragias digestivas en adultos.

¿Sabías que el paracetamol no es técnicamente un antiinflamatorio? Mucha gente se confunde. Es un analgésico y antipirético. Quita el dolor y baja la fiebre, pero si tienes un esguince como un globo, el paracetamol no va a bajar esa hinchazón. Es vital entender esta diferencia porque tomar el medicamento equivocado es, básicamente, perder el tiempo y cargar de trabajo innecesario a tu hígado.

Corticoides: Los pesos pesados que dan miedo

Cuando las cosas se ponen feas, los médicos sacan la artillería pesada: los corticoides. Aquí ya no estamos jugando con el ibuprofeno de 400 mg. Estos son derivados sintéticos del cortisol, una hormona que produce tu propia glándula suprarrenal. Son increíblemente potentes. Pueden detener ataques de asma, brotes de artritis reumatoide o reacciones alérgicas que te cerrarían la garganta en minutos.

Pero tienen un precio. Un precio alto.

Si los usas mucho tiempo, tu cuerpo dice: "Ah, bueno, como ya me dan la hormona desde fuera, yo dejo de fabricarla". Y ahí es donde empiezan los problemas serios: aumento de peso, cara de luna llena, osteoporosis y una subida de azúcar en sangre que puede asustar a cualquiera. Por eso los médicos insisten tanto en la pauta de descenso. Nunca, jamás, dejes de tomar un corticoide de golpe. Es como saltar de un coche en marcha a 100 km/h. Tienes que ir frenando poco a poco para que tu cuerpo vuelva a despertar.

La alternativa natural: ¿Mito o realidad científica?

Seguro que has oído hablar de la cúrcuma. O del jengibre. Últimamente parece que si no le echas cúrcuma hasta al café, no estás en la onda saludable. Pero, ¿realmente funciona como antiinflamatorio?

La respuesta corta es: sí, pero con matices.

La curcumina es el principio activo de la cúrcuma. Hay decenas de ensayos clínicos que demuestran que tiene una capacidad notable para inhibir vías inflamatorias similares a las de algunos fármacos. El problema es la biodisponibilidad. Tu cuerpo es pésimo absorbiendo la cúrcuma por sí sola. Necesitas pimienta negra (piperina) para que la absorción aumente hasta un 2000%.

O el omega-3. No es solo marketing de suplementos. El ácido eicosapentaenoico (EPA) que se encuentra en el aceite de pescado compite con el ácido araquidónico en tus células. Básicamente, "engaña" a tu cuerpo para que produzca menos sustancias pro-inflamatorias. Si comes salmón o sardinas tres veces por semana, estás creando un terreno biológico mucho menos propenso a la inflamación crónica que si vives a base de ultraprocesados y aceites vegetales refinados.

La inflamación silenciosa: El asesino que no avisa

Hay dos tipos de inflamación. La aguda, que es la del golpe en el codo, y la crónica de bajo grado. Esta última es la peligrosa. Es como una brasa que nunca se apaga. No duele de forma inmediata, pero va dañando tus arterias, tus neuronas y tus órganos. Está detrás de enfermedades como la diabetes tipo 2, el Alzheimer y los problemas cardiovasculares.

¿Qué causa esta brasa constante?

  • El estrés crónico (el cortisol alto todo el día acaba por desensibilizar los receptores).
  • La falta de sueño (dormir menos de 6 horas es una invitación formal a la inflamación).
  • El exceso de grasa visceral, especialmente la de la barriga, que actúa como un órgano endocrino que escupe citoquinas inflamatorias 24/7.
  • Una microbiota intestinal desequilibrada.

Honestamente, puedes tomarte todos los antiinflamatorios del mundo, pero si tu dieta se basa en azúcar y no te mueves del sofá, solo estás poniendo un parche en una presa que está a punto de romperse.

Errores comunes que casi todos cometemos

Mucha gente piensa que "natural" significa seguro. Error. Hay plantas con una capacidad antiinflamatoria tan potente que pueden interactuar con medicamentos para la tensión o con anticoagulantes como el sintrom. Siempre, siempre hay que avisar al médico si estás tomando suplementos de herbolario.

Otro fallo garrafal es el momento de la toma. Tomar un AINE con el estómago vacío es una invitación al desastre gástrico. Siempre con comida. Y si tu médico te ha recetado un protector de estómago, no es por capricho ni para que la farmacia gane más dinero. Es porque sabe que esos fármacos son agresivos.

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Incluso el hielo y el calor se usan mal. Regla de oro: si hay una lesión nueva, roja y caliente (inflamación aguda), pon hielo. El frío contrae los vasos y frena la llegada excesiva de sangre. Si es un dolor muscular crónico, de esos que llevan meses contigo, el calor suele ser mejor porque relaja la fibra y mejora la elasticidad.

Hacia una estrategia inteligente contra el dolor

No se trata de odiar a la medicina moderna. Gracias a los antiinflamatorios, la calidad de vida de personas con enfermedades autoinmunes ha dado un salto gigante. El problema es la automedicación ciega.

Si tienes una inflamación persistente, tu cuerpo te está gritando algo. Quizás es una intolerancia alimentaria. Quizás es que tus niveles de vitamina D están por los suelos (la vitamina D actúa más como una hormona reguladora del sistema inmune que como una simple vitamina). O quizás, simplemente, necesitas descansar.

Pasos prácticos para bajar la inflamación hoy mismo:

  • Prioriza el magnesio: Ayuda a relajar la musculatura y suele estar bajo en dietas modernas. Lo encuentras en frutos secos y espinacas.
  • Muévete, pero con cabeza: El ejercicio aeróbico ligero libera miocinas, unas proteínas pequeñas con un efecto protector brutal contra la inflamación.
  • Corta el azúcar: Es el combustible favorito de la inflamación. Haz la prueba de estar 10 días sin azúcar refinado y observa cómo se sienten tus articulaciones.
  • Usa especias: No solo cúrcuma; el orégano, el romero y el clavo son potentes antioxidantes naturales que ayudan a mantener el sistema bajo control.
  • Consulta siempre las dosis: No dobles la dosis de ibuprofeno porque te duela más. El "techo analgésico" existe. A partir de cierta cantidad, el fármaco no quita más dolor, pero sí multiplica los efectos secundarios.

La medicina es una herramienta, no una solución mágica. Entender cómo funcionan los procesos de tu propio cuerpo es la mejor forma de no depender eternamente de una pastilla para poder levantarte de la cama cada mañana. Escucha el dolor, no solo intentes apagarlo. A veces, el dolor es el único mapa que tienes para encontrar el origen del problema.